90 millas hasta el parai?so
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Un rato despu'es, ellos ya estaban en el lugar de destino. Realmente, sin ninguna dificultad, por el caminito secreto de su amiga pudieron pasar de largo la guardia por el senderito que llevaba al bungal'o del hotel “Meli'a Las Am'ericas”.
Al entrar en la casa y viendo los enseres lujosos de sus habitaciones, L'azaro exclam'o con amargura:
– ?Por qu'e todo eso no es para nosotros?
– Es para nosotros, pero solo hasta las dos de la madrugada. Debo volver a C'ardenas para las dos, de otra manera, Juan Miguel no estar'a tranquilo – se puso a arrullar Elizabeth, acariciando con su mano las sobrecamas de seda de una enorme cama de dos plazas y echando una mirada “coquetona” a L'azaro.
–As'i siempre ocurre lo mismo. En este pa'is del diablo nos limitan en todo – en el tiempo y en la libertad de circulaci'on – L'azaro se puso a cantar su vieja canci'on, arrim'andose a Eliz.
– Esta “isla del diablo”, como te expresas t'u – es nuestra Patria – repuso Elizabeth.
– Y yo voy a hacer el amor con un miembro activo de la Uni'on de J'ovenes Comunistas – observ'o ir'onicamente
– Adem'as, muy activo – a~nadi'o Elizabeth mientras iba quit'andose la ropa.
– Esp'erate – record'o de improviso el amigo. Ahora quiso especialmente hallarse inmerso en el pellejo de un oligarca real. Te he preparado una sorpresa, mejor dicho, ser'ian dos verdaderas sorpresas. Quiero pon'ertelas, sin que esto sea aplazado para despu'es y tir'o a la desnuda Elizabeth una ropa interior de encaje de incre'ible hermosura. El color turqu'es de esta dej'o asombrada a la joven mujer, la cual pod'ia ver prendas semejantes solo en los cuerpos de ricas turistas.
– !Qu'e hermosura! – exclam'o apasionadamente la joven, que salt'o de la cama en un instante y se peg'o al espejo. Volvi'o irradiando alegr'ia, la talla le quedaba bien.
– ?De d'onde es esto?
– Ven aqu'i – la tom'o de la mano y le puso en su mu~neca un brazalete grande de oro con un capullo en forma de p'etalos de una orqu'idea.
En esta ocasi'on el coraz'on avaro del “donante” se estremeci'o en el pecho. 'El mismo se asust'o de la generosidad que se adue~n'o de s'i. No obstante, se tranquiliz'o ya que estaba seguro de que hab'ia elegido una estrategia infalible. Ahora la chica le har'ia todo, pidiera lo que pidiese. !Ya ten'ia garantizada la vivienda y el estatuto de fugitivo pol'itico en los EE.UU.!
Eliz qued'o atolondrada, enmudecida.
– ?De d'onde los sacaste? – por fin, volvi'o a pronunciar algo.
– Yo s'e que lo que tienes t'u es m'io – respondi'o el “h'eroe”, atrayendo a la amante y se apoder'o de ella en una enorme cama llena de una concupiscencia vergonzosa. Sus cuerpos se deslizaban por la seda fina, haciendo el amor vicioso, sin recordar nada – ni de la Dayana rechazada, ni del apacible Juan Miguel, ni de los dos peques, uno de los cuales a'un no ha experimentado los sufrimientos por tener la edad de dos meses, y el otro muy pronto deber'ia enfrentarse a toda la maldad del mundo…
Frenado el instinto animal, L'azaro se extendi'o en la cama y extrajo de la cajita de n'acar un cigarro “Hoyo de Monterrey”. Se puso a fumar contemplando el techo y reflexionando en voz alta:
– Mi padre toda la vida est'a trabajando duro, extrayendo el petr'oleo del pozo, pero nunca podr'a permitirse tener tal bungal'o. Hasta los rusos comprendieron que el socialismo es una bazofia. Sus petroleros est'an haciendo amor con todas nuestras chicas.
– ?Y a ti, te faltan chicas? – interpuso Eliz.
– No hablo de eso. Es que antes de la revoluci'on bes'abamos el trasero a los yanquis y ahora lamemos los talones de los europeos, canadienses y rusos. ?Hay diferencia alguna? Los cubanos eran y siguen siendo pobres.
– En vano lo dices ?Y la medicina gratuita, la educaci'on, la tierra, dada a los campesinos? Si no hubiera existido el embargo de los norteamericanos, ahora vivir'iamos prosperando solamente a expensas de nuestros balnearios – coment'o Elizabeth – Realmente ellos nos impiden hacerlo.
– !Qu'e bien te ha instruido la educaci'on gratuita! – dec'ia intranquilo L'azaro y continuaba opinando, sin sacarse el cigarro de la boca – ?Para qu'e diablo lo necesito? ?Para trabajar de camarera? ?O lavar los platos de esos burgueses?
– No, para poder diferenciar a los j'ovenes inteligentes de los groseros – Eliz repar'o ofendida.
– No deber'ias ofenderte – expres'o L'azaro vali'endose de un tono de reconciliaci'on – Mejor dime: ?qu'e tal te pareci'o la ropa interior?
– Probablemente, algo de este estilo le pidi'o que le comprara el joven Che Guevara a Chichita Ferreiro, su primer amor, cuando el futuro Comandante emprendi'o un viaje por Am'erica Latina – Elizabeth en un instante se derriti'o y continu'o – ?Nunca has o'ido hablar de esta historia? ?No? Ah'i la tienes… Ella le dio quince d'olares y pidi'o que 'el le comprara un juego hermoso de ropa interior en Miami. La traves'ia no result'o ser nada f'acil, no se dej'o convencer por su compa~nero de viaje Alberto Granado en gastar esos quince d'olares. Hasta en el momento cuando se rompi'o la moto, hasta cuando pasaban hambre, hasta cuando el Che sinti'o la exacerbaci'on del asma, y Alberto exigi'o este dinero para adquirir medicamentos para el Che enfermo.
– ?Y luego qu'e? – sonri'o L'azaro
– Y luego le escribi'o que se cans'o de esperarle…
– !Eso significa, que el compa~nero Che no lleg'o siquiera hasta Miami, como yo ya he hecho en una ocasi'on, y volver'e a hacerlo una vez m'as! !El Che no le compr'o la ropa interior a su Chichita! – se re'ia L'azaro – !Yo la consegu'i para mi chica, sin abandonar los l'imites de Cuba! Pi'ensalo bien, qu'e puedo traerte cuando llegue a Miami por segunda vez. Mejor ser'ia si yo te llevara all'i. Solamente ah'i mis capacidades ser'an apreciadas. En Cuba no tengo ningunas perspectivas, no hay amplios horizontes… A prop'osito, ?d'onde meti'o el Che aquellos quince d'olares?
– Parece que se los dio a una familia necesitada de inmigrantes pol'iticos peruanos. – !Qu'e m'as se puede esperar de un fan'atico! Quisieron construir un para'iso sin dinero, crear una nueva persona, tomando las viejas materias primas. ?D'onde est'an ahora los huesos de Che Guevara? !Se pudrieron en la selva boliviana! !Su cuerpo no fue inhumado siquiera!
– !No hables as'i! !Encontraron sus restos en Vallegrande, Bolivia y con honor volvieron a ser enterrados en Santa Clara! !Los hallaron al cabo de treinta a~nos! – se indign'o Elizabeth.
– S'i, he o'ido hablar que los indios bolivianos adoran al Gran Comandante no menos que nuestros comunistas – se expres'o L'azaro. – Los habitantes de Santa Cruz y Vallegrande hasta quedaron amargados, cuando les quitaron a ellos los huesos…
– !No te atrevas! – le grit'o Eliz.
– Tu misma empezaste sobre el Che tuyo – le reproch'o L'azaro – Sabes perfectamente que a m'i me hacen rabiar los cuentitos acerca de las haza~nas heroicas de los guerrilleros. Mejor bajemos a la tierra. Sea como sea, aqu'i todo es m'as interesante. Y m'as a'un – en Miami. Es que t'u tienes ah'i parientes. !Hay que largarse en esa direcci'on!
– !Tonter'ias! – resopl'o Eliz. – En Cuba me conviene todo. Tengo un trabajo estupendo en Varadero. No estoy necesitada de nada. Mi ex marido gana bastante bien…
– !Esposo! –un ataque de ira se apoder'o de L'azaro – !Parece que nunca podr'as olvidar a tu Juan Miguel!
– D'ejate de celos. Los dos somos como hermano y hermana – lo dec'ia excus'andose la joven mujer.
– !Abre los ojos! ?'El gana? – hablaba con histeria – !'El es cero! !Estar'as metida un siglo en este pozo, sin haber visto el mundo! !T'u no cambiar'as estos c'entimos por un para'iso verdadero! !Solamente en los Estados Unidos seremos felices, vamos a tenerlo todo!