Чтение онлайн

ЖАНРЫ

En las alas del sue?o
Шрифт:

Marisol se sinti'o muy culpable por todo lo sucedido. “Y esta pobre chica, su novia, ?c'omo estar'a? .. seguro que tambi'en sufre – record'o a Laura y se puso mal – y si yo estuviera en su lugar?”

Luego se acord'o de c'omo hab'ia coqueteado en el baile con Jos'e Mar'ia y sinti'o fr'io; en efecto !simplemente lo hab'ia utilizado para vengar a Enrique!; as'i que la chica, poco a poco, lleg'o a la d'ebil conclusi'on de que no se olvidar'ia de este hombre as'i como as'i, era algo que sospechaba.

Por otra parte el muchacho a quien ella amaba, !tampoco estaba predestinado para ella, sino para Dios!; esta idea la traspas'o el coraz'on a Marisol como una flecha, de manera que volvi'o a llorar.

– Oh Se~nor, ?por qu'e? ?para qu'e tengo que soportar todo eso? ?c'omo lo puedo solucionar? – se interrogaba la chica, levantando los ojos hacia el cielo, hacia el icono de la Virgen Mar'ia, pero no o'ia ninguna voz, ni hab'ia ninguna repercusi'on dentro de su alma. S'olo se le aparec'ia la imagen del cantante joven, que desde el coro de la iglesia volv'ia a ofrec'ersele ante sus ojos, y le pareci'o a la chica que le estaba sonriendo.

Marisol sec'o las l'agrimas, sac'o un gran bolso y se puso a recoger sus cosas para el viaje a Andaluc'ia.

Cap'itulo 11

Por la ma~nana del d'ia siguiente toda la familia, menos Roberto que ejerc'ia su servicio en la corte, estaba a punto de marcharse de la casa para ir a su finca familiar en Andaluc'ia. El equipaje ya hab'ia sido preparado y el coche estaba esperando cerca de la entrada principal. La due~na de la casa estaba dando las 'ultimas disposiciones a los sirvientes que se quedaban para atender la casa, y a Roberto que ven'ia de Toledo los fines de semana.

Era una ma~nana gris, estaba nublado, parec'ia que iba a llover. Por la madrugada Do~na Encarnaci'on hab'ia mandado a un sirviente a la casa de los Rodr'iguez, para preguntar por el estado de Enrique, y aquel volvi'o con la noticia, que el menor del se~nor Rodr'iguez hab'ia vuelto en si y estaba mejorando.

Do~na Encarnaci'on se persign'o y comunic'o la noticia a sus hijos. Todos recobraron el 'animo; “Gracias, Sant'isima Virgen Mar'ia – mentalmente rez'o Marisol – ojal'a Enrique se recupere pronto”.

Todos los viajeros, con dos sirvientes a quienes llevaban consigo, ya estaban subi'endose al coche, cuando de repente enfrente de la casa apareci'o un jinete de traje azul. El hombre se desmont'o del caballo, y Marisol y Do~na Encarnaci'on, con disgusto, vieron que era Jos'e Mar'ia.

Entonces la chica sinti'o fr'io adentro, y Do~na Encarnaci'on le pregunt'o con voz alto, turbada y preocupada por el motivo de su visita tan repentina e inesperada.

– He venido para ver a Marisol y preguntarla cuando me dar'a una respuesta – contest'o el hombre con arrogancia. Do~na Encarnaci'on agit'o las manos, moviendo la cabeza.

– Ahora no es tiempo para esto, Jose Mar'ia – le dijo la se~nora. – Todos hemos sufrido una gran conmoci'on, sobre todo Mar'ia Soledad, por eso nos vamos a Andaluc'ia, a nuestra finca familiar. Todos necesitamos descansar y tranquilizarnos.

– ?Por qu'e no puedo acompa~narles? – insist'ia su pariente.

– No hace falta que lo hagas – le contest'o Do~na Encarnaci'on – este camino est'a siendo muy bien vigilado, no tienes que preocuparte por nosotros.

Jose Mar'ia pregunt'o entonces cuando volver'ian a Madrid.

– 

En oto~no – contest'o la se~nora al instante – Bueno, ya es hora de irnos, adi'os Jose Mar'ia, d'ejanos, atiende tus propios asuntos, seguro que te quedan muchos pendientes para realizar

.

Todos se acomodaron en el coche y los caballos se pusieron en marcha trotando por el pavimento de la ciudad.

Jose Mar'ia les sigui'o con una mirada endurecida y adusta durante unos minutos, luego se mont'o de un salto en su caballo y desapareci'o.

– Ya te dije, hija m'ia, que no te dejar'a en paz as'i como as'i – pronunci'o Do~na Encarnaci'on con preocupaci'on en su voz, cuando ya se hab'ian alejado una poca distancia – En vac'io coqueteaste con este hombre en el baile, no parece una buena persona. No sabemos adem'as que tiene adentro, en su mente.

Marisol s'olo suspir'o; sin embargo pronto salieron fuera de la ciudad y nuevas impresiones del viaje, eclipsaron todas esas sensaciones negativas producidas por el encuentro con aquel hombre.

Al cabo de una semana los viajeros llegaron a su finca, su dominio, cerca de C'ordoba. Era pleno verano, y en el gran jard'in todo florec'ia y perfumaba con intensa fragancia el ambiente. En el follaje de los 'arboles, alegremente cantaban las aves y hac'ia bastante calor.

Tras llegar, Marisol e Isabel, con mucho gusto, muchas ganas y alegr'ia, se cambiaron de ropa quit'andose sus trajes de viaje y poni'endose vestidos ligeros, y enseguida se precipitaron a la alberca. Jorge Miguel sigui'o a sus hermanas.

Do~na Encarnaci'on miraba a sus hijos batiendo en el agua con regocijo, ri'endose y roci'andose unos a otros con nubes de salpicones.

– 

Ay mam'a, !qu'e bien se est'a aqu'i! – exclamaba Marisol – !nunca m'as quiero volver a nuestra l'ugubre casa de Madrid! !me gustar'ia quedarme por aqu'i para siempre!

– A mi tambi'en me gusta mucho nuestra finca – apoyaba con sus palabras Isabel – ?por qu'e no nos trasladamos para vivir aqu'i?

– Eso es imposible, mis ni~nas – les contest'o do~na Encarnaci'on con un suspiro – all'i en Madrid, tenemos obligaciones. Somos personas nobles y tenemos que frecuentar la sociedad. Por aqu'i apenas encontrar'eis a muchachos decentes con quienes podr'iais casaros!

– Pero es que C'ordoba tambi'en es una gran ciudad! !y en donde vive tanta gente! – exclam'o Isabel.

Do~na Encarnaci'on no se puso a discutir, “que las chicas disfruten de nuestro hermoso jard'in, respirando el aire fresco y ba~n'andose en la alberca. De todos modos, m'as tarde, seguramente tendr'an ganas de volver a Madrid”, – pensaba, tranquiliz'andose la mujer a s'i misma.

Tras ba~narse a satisfacci'on y despu'es de cambiarse de ropa, todos los hijos de Do~na Encarnaci'on con gran apetito comieron los deliciosos platos que hab'ia preparado para ellos la cocinera, Do~na Mar'ia, y despu'es se alejaron a sus dormitorios para descansar. Pasadas unas horas, cuando ya empezaba a atardecer, las hermanas pidieron permiso a su madre para que las dejara pasear por el jard'in. Do~na Encarnaci'on sab'ia que no les pasar'ia nada ya que el jard'in por todos lados estaba rodeado por la alta muralla de piedra, as'i que por eso las dej'o pasear libres a voluntad.

Las dos chicas empezaron a deambular por su hermoso jard'in, les gustaba visitar sus diferentes y variados rinconcitos ocultos, donde desde su infancia hab'ian tenido sus secretos.

En un rinc'on lejano donde se encontraba una broza, en la ciega muralla, hab'ia un paso que apenas se distingu'ia – s'olo dos hermanas, o quiz'as el viejo jardinero Don Eusebio, sab'ian de su existencia. A'un en su ni~nez las hermanas a veces, se escapaban de la casa por esta apertura estrecha y secreta, para ir al r'io.

Поделиться с друзьями: