En las alas del sue?o
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As'i imperceptiblemente pas'o otro verano, y lleg'o el tiempo para volver a Madrid.
Isabel deb'ia continuar sus estudios en el monasterio de las carmelitas.
Do~na Encarnaci'on echaba de menos a su hijo Roberto que, debido a su servicio, no hab'ia podido tomar tiempo para visitarlos en la finca este verano.
Marisol se daba cuenta que ten'ia ganas de volver a sus ensayos con el coro de la iglesia.
Antes de su partida, la muchacha se entrevist'o de nuevo con el padre Alejandro.
– Me alegro de que hayas vuelto a la vida despu'es de tus pesadumbres, Marisol – le dijo el cura cari~nosamente – pareces alegre y tranquila, as'i que te sugiero, cuando vuelvas a Madrid, que hagas las paces con tu amiga y su hermano, tu antiguo novio; as'i obtendr'as la paz en el alma.
Marisol suspir'o.
– No s'e si ser'a posible, pero lo intentar'e – le contest'o con voz baja.
– ?Qu'e piensas hacer en Madrid, hija m'ia? – continu'o la conversaci'on el padre.
– Seguir'e cantando en el coro de la iglesia, y tambi'en ayudar a mi madre a gestionar la casa, luego …, pues no s'e, – dijo pensativa.
Se quedaron callados un rato.
– Padre – de improviso dijo Marisol – de todas maneras, no puedo comprender una cosa, ?acaso Dios dispuso que sus sirvientes, cl'erigos, no deben casarse y tener familia?, o lo inventaron las gentes?
El cura se qued'o turulato; record'o que la muchacha ya le hab'ia hecho tal pregunta, pero nunca le hab'ia dado una respuesta inteligible.
– Esc'uchame, hija m'ia – empez'o a contestarle – te dir'e una cosa. Claro que as'i nos ense~naron y convenc'ian, pero de verdad, yo mismo no creo que precisamente seg'un la voluntad de Dios, los cl'erigos deban quedarse solitarios. Conoc'i a unas personas que hab'ian viajado por diferentes pa'ises. Me comentaban que all'i los curas se casan, tienen hijos, y al mismo tiempo sirven a nuestro Se~nor.
– Sin embargo – padre Alejandro acerc'o su cara a la chica y baj'o la voz – todo lo que te acabo de comunicar, debe quedarse entre nosotros dos, no pienses en dec'irselo a alguien en alg'un sitio, es mejor que te olvides de estas palabras m'ias por tu propio bien, hija m'ia. En nuestra Iglesia Cat'olica es obligado a que sea as'i; si no est'as de acuerdo con algo, eres un hereje y te esperar'an todos los c'irculos del infierno.
Marisol suspir'o.
– Lo comprendo, padre – dijo con voz baja – estar'e callada, !es una pena que no podamos cambiar nada!
– Por el momento, s'i – le contesto el cura, desconsolado – quiz'as un d'ia nuestros descendientes sean m'as libres y felices.
Marisol se despidi'o del padre Alejandro y sali'o de la iglesia; no sab'ia a'un que nunca le volver'ia a ver, y al d'ia siguiente toda la familia abandon'o su finca en Andaluc'ia para partir a Madrid.
Cap'itulo 13
En Madrid, de toda la familia, s'olo Marisol y Do~na Encarnaci'on se quedaron en su gran casa. Isabel volvi'o al monasterio de carmelitas en Le'on para continuar sus estudios. Roberto y Jorge Miguel estaban en la corte, por su servicio. Los dos hermanos sol'ian venir a la casa los fines de semana, y para Do~na Encarnaci'on y Marisol cada una de sus llegadas se convert'ia en una verdadera fiesta.
Marisol decidi'o continuar sus ensayos con el coro en la Catedral de San Pablo. En realidad estas actividades eran su 'unica diversi'on. Despu'es del incidente con la familia Rodr'iguez todos los contactos con ellos cesaron. Tras recuperarse de su herida, Enrique se cas'o con su novia y se traslad'o a Valladolid llevando consigo a todos sus familiares, as'i que Marisol s'olo ten'ia comunicaciones con algunas muchachas del coro, pero estas no pertenec'ian a su c'irculo y no estaban admitidas en la alta sociedad.
Entre tanto, pasaron tres semanas. La vida al parecer, empezaba a volver a su curso habitual, cuando de s'ubito un nuevo disgusto cay'o sobre sus cabezas. Durante el verano, todos casi se olvidaron de Jos'e Mar'ia y sus pretensiones hacia Marisol. Ahora bien, de repente este volvi'o a aparecer en su casa, haciendo acordarse a la muchacha de su supuesta promesa de casarse con 'el.
Tanto Marisol como Do~na Encarnaci'on no estaban precisamente encantadas por su regreso. La muchacha le coment'o que no estaba dispuesta a casarse con nadie y que pensaba retirarse al monasterio. Do~na Encarnaci'on tambi'en decidi'o hablar muy en serio con su pariente lejano, explic'andole que su hija se hab'ia quedado confundida y que aquel hecho en el baile s'olo hab'ia sido una equivocaci'on. En fin, le pidi'o que dejara en paz a su hija y su familia.
Sin embargo Jos'e Mar'ia no era de esas personas que renuncian as'i como as'i a sus fines, por lo que decidi'o conseguir el suyo a cualquier precio. Se puso a acechar a la muchacha y se enter'o de que unas pocas veces a la semana frecuentaba la Catedral de San Pablo por los ensayos del coro y a veces cantaba en oficios con otros cantantes; incluso la observaba y la vio salir de la catedral varias veces y subir a su coche.
Al fin un d'ia, se atrevi'o a acercarse y a hablar con ella, cuando la muchacha estaba dirigi'endose a su coche para irse a casa.
Al ver a su dichoso primo segundo, parado contra el muro gris de la catedral, Marisol sinti'o un inc'omodo fr'io corriendo por su espalda y presinti'o algo siniestro. Este hombre le parec'ia muy antip'atico, incluso le daba repugnancia, as'i que volvi'o a arrepentirse de lo que hab'ia pasado en el baile hac'ia unos meses.
– ?Qu'e quieres, Jos'e Mar'ia? – le pregunt'o con fr'io en la voz – ?para qu'e me persigues?
– Quiero que seas mi esposa.
– Ya te coment'e que no pienso casarme. Olv'idate de aquel suceso en el baile; fue una equivocaci'on. En realidad no te promet'i nada. Era una broma.
– Te casar'as conmigo bien por las buenas o por las malas. Si no, har'e una denuncia a la Inquisici'on, les contar'e que tu familia son herejes que no respetan La Escritura Sagrada y censura a Dios.
La muchacha sinti'o como si todo se le encogiera por sus adentros del terror. Este hombre, en efecto, pod'ia realizar su amenaza y de esa manera echar a perder a toda su familia. Ya se conoc'ian tales casos. Nadie va a comprobar la veracidad de su denuncia al Tribunal del Papa. La muchacha sab'ia que aquella m'aquina diab'olica ya hab'ia matado a miles de personas inocentes. Se qued'o plantada y sin fuerzas para oponerle algo.
Era obvio que el malhechor se alegraba por haberla asustado.
– Te doy tres d'ias para reflexionar – le dijo entre los dientes; mont'o de un salto a su caballo y se alej'o al galope.
Marisol no se acordaba de como volvi'o a casa. Do~na Encarnaci'on no estaba ya que se fue a visitar a su madre, abuela de Marisol, que ten'ia dolor de las piernas.
Silvia, su nueva sirviente, a'un una chica muy joven, al verla asustada y deprimida, le pregunt'o a la se~norita qu'e le hab'ia sucedido.