En las alas del sue?o
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Los dos se quedaron callados un rato.
– Otro cura, en mi lugar, te recomendar'ia que te retirases al convento – continu'o el padre Alejandro. – Sin embargo, seg'un te conozco, t'u no has sido creada para llevar una vida de monja. Quiz'as los a~nos de estudios que pasaste en el monasterio de las carmelitas, te fatigaron bastante.
– Pues, que hago, padre? – le pregunt'o Marisol.
– Tienes que frecuentar el templo, pedir perd'on al Se~nor y arrepentirte por lo que has hecho o pensabas hacer. Dios te perdonar'a. Respecto al amor, … creo que el amor de tu vida a'un no ha aparecido y que lo encontrar'as m'as adelante.
Marisol mene'o su cabeza y respir'o dolorosamente. Padre Alejandro la mir'o interrogativamente. La muchacha le cont'o tambi'en, como hac'ia unos a~nos hab'ia conocido a un cantante del coro de la iglesia que deb'ia hacerse cura, y como se hab'ia enamorado de 'el.
– !Ahora lo comprendo! – exclam'o el padre – S'olo me queda compadecerte, hija m'ia. Es un gran disgusto enamorarse de un hombre que no pueda casarse, ya que debe servir a Dios. El Se~nor te ha hecho pasar por una prueba muy grave; intentabas a olvidar a aquel muchacho por medio de otro. Lamentablemente, muchas personas act'uan de la misma manera, pero no es justo, hija m'ia – suspir'o el padre – como ves, no ha salido nada bueno de todo esto.
Marisol lo mir'o penosamente.
–
Pues entonces ?qu'e hago padre, con todo esto? – volvi'o a preguntarle – No se puede amar a este hombre ya que est'a predestinado a Dios; por otra
parte, tampoco pod'ia amar a otro hombre ya que hab'ia sido predestinado para otra mujer. Entonces ?qui'en est'a predestinado para m'i?
– A'un eres joven hija m'ia, ya encontrar'as a tu prometido.
– Y ?si de repente resultara que, otra vez, aparece otro hombre, no estar'a predestinado para m'i?
– Al prometido no le pasar'as de largo – contest'o el padre Alejandro, de una forma evasiva.
La muchacha se qued'o sorprendida, al o'ir esta afirmaci'on. ?Qu'e podr'ia significar? ?qu'e quer'ia decirle el padre Alejandro?
– Padre ?por qu'e es as'i el mundo, que si uno sirve a Dios, no puede amar a nadie, no puede tener una familia? – le escrutaba Marisol. Se acord'o de Rodrigo y le dio un vuelco el coraz'on.
– Tocas un tema muy espinoso, hija m'ia – le contest'o el cura. – El hombre que sirve a Dios, no debe amar s'olo a una persona, sino a todos, pero en otro sentido, distinto de lo que comprendes t'u.
– Ten cuidado, Marisol – a~nadi'o, suspirando. – Conmigo puedes hablar de cualquier cosa, soy cura y estoy vinculado por el arcano de confesi'on, pero no te olvides que en nuestro pa'is, el poder supremo en realidad no pertenece al rey, ni siquiera a la iglesia cat'olica, sino al Tribunal de la Inquisici'on que se somete al Papa. Muchas personas inmorales e indecorosas se aprovechan de esto para liberarse, por medio de la Inquisici'on, de sus adversarios, o para hacer da~no a alguien por cualquier motivo.
Cualquier persona que te envidie tendr'a ganas de perjudicarte y redactar'a una denuncia contra ti; eso ser'a suficiente para someterte a torturas y enviarte al fuego. Ten mucho cuidado en lo que digas, hija m'ia, nunca conf'ies en personas desconocidas.
Marisol se encogi'o, al o'ir estas palabras.
– ?Acaso todo es tan desesperado? – le pregunt'o con voz baja.
– Es dif'icil vivir en nuestro pa'is – suspir'o el cura. – Hasta nosotros, los cl'erigos, sirvientes de Dios, arriesgamos en cualquier momento encontrarnos en las manos de los esp'ias del Pap'a. Si ahora alguien sorprendiera nuestra conversaci'on, enseguida nos enviar'ian a los dos a la prisi'on de torturas a C'ordoba.
– Sin embargo el mundo es, no s'olo Espa~na y el Santo Imperio Romano – continuaba el padre – aunque por supuesto, hay pa'ises, donde la vida es mucho m'as dura que en Europa, como por ejemplo, en el Oriente, en los pa'ises musulmanes. Sin embargo hace m'as de veinte a~nos Crist'obal Col'on, buscando una nueva v'ia hacia la India, descubri'o el Nuevo Mundo, un gran continente – Am'erica, como lo nombr'o un viajero italiano.
Estoy informado de que mucha gente ya se march'o all'i, o tiene ganas de marcharse, para empezar una vida nueva en un pa'is libre; aunque por supuesto, nuestro poder har'a todo lo posible para someter esas tierras, convirti'endolas en sus colonias.
Marisol estaba escuchando al padre Alejandro con mucha atenci'on. Sab'ia muy bien lo que le acababa de relatar. En aquella 'epoca conversaban por todos lados sobre el viaje de Col'on y su descubrimiento del Nuevo Mundo. Y mucha gente ya se hab'ia ido all'i: algunos por orden del rey, otros buscando aventuras o para salvarse de los esp'ias del Papa.
– Por supuesto, los misioneros de nuestra Iglesia Cat'olica tambi'en se dirigieron a Am'erica; sin embargo, pienso que no ser'a pronto cuando la mano de la Inquisici'on alcance esa tierra. Creo que muchas personas podr'an empezar all'i una vida nueva, libre y feliz.
– Gracias, a usted, padre Alejandro – pronunci'o Marisol – me ha tranquilizado un poco y me ha aclarado muchas cosas.
– Que te excusen tus pecados, que Dios te bendiga, hija m'ia – dijo el padre, haciendo la se~nal de la cruz encima de la cabeza de la muchacha.
Marisol sali'o del templo, sintiendo un gran alivio. Padre Alejandro sab'ia consolar, ahora la vida ya no le parec'ia tan desesperada como antes, el sol brillaba en el cielo azul, cantaban las aves, el aire fresco tra'ia el olor de jardines florecidos, los bosques de eucaliptos y de los campos. La muchacha se sinti'o como si una luz empezara a brillar delante de ella, y se precipitara a su encuentro.
***
Entre tanto, la vida en la finca pasaba con plena tranquilidad y placidez. Las hermanas disfrutaban de los paseos por su hermoso jard'in, rec'onditas escapadas hacia el r'io y algunos viajes a C'ordoba. Los domingos toda la familia asist'ia a las misas en la parroquia, y los jueves Marisol sol'ia tener charlas con el padre Alejandro.
A veces los visitaban sus vecinos, hacendados de otras fincas, de esta forma Marisol entabl'o amistad con In'es Gonz'ales, muchacha de una familia muy rica de Valladolid, que ven'ia a su dominio cerca de C'ordoba cada verano.
Do~na Encarnaci'on tambi'en sol'ia ir de visitas con sus hijos a las fincas de los vecinos, sin embargo ninguno de ellos ten'ia tal jard'in con alberca y ba~nos, como la familia Echever'ia de la Fuente, por eso algunos hu'espedes no dejaron de visitarlos. In'es Gonzales ven'ia a la casa de sus nuevas amigas casi cada d'ia. Todos los chicos, acompa~nados por Do~na Encarnaci'on y Don Jos'e, con frecuencia sal'ian a la ciudad, divirti'endose y alegr'andose de la vida.
Al parecer, Marisol se olvid'o de todos sus pesares, pues ya no ten'ia tanta preocupaci'on como antes, pero en su rostro apareci'o una arruga, su cara ya no era tan brillante y en sus ojos, a veces, se distingu'ia una tristeza.