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ЖАНРЫ

En las alas del sue?o
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Cerca de la finca pasaba el r'io Guadalquivir que suavemente llevaba sus aguas majestuosas hacia el Mediterr'aneo. Y ahora las dos chicas, como antes, cuando eran ni~nas, sin convenir de antemano, se dirigieron al paso en la muralla. Col'andose por la abertura, se encontraron as'i en el bosque de eucaliptos, entre la espesura de boneteros y hierbalunas. Las hermanas tantearon un sendero que estaba dentro de una espesa hierba, y por este, se precipitaron hacia el r'io.

Al cabo de un rato el sendero apareci'o destrozado, y las chicas se encontraron al borde de un derrocadero. Debajo de ellos alegremente llevaba sus aguas el caudaloso Guadalquivir. Las chicas se quedaron pasmadas disfrutando de un hermoso paisaje que se descubr'ia ante sus miradas.

Antes, cuando eran ni~nas, se ba~naban en este r'io algunas veces. A poca distancia la orilla se hac'ia m'as en declive, y poco a poco se iba trasformando en una playa arenal. Las hermanas se dirigieron all'i y pronto llegaron a una orilla desierta.

Las chicas se quitaron su ropa y entraron en el agua. Estaba fresca y la corriente era bastante fuerte. Tras ba~narse a placer, salieron a la orilla, y despu'es de secarse, se pusieron sus vestidos y se sentaron en la arena muy contentas y pl'acidas.

No lejos de ellas se ve'ian ruinas de unas construcciones antiguas. Todo a su alrededor parec'ia fascinante y misterioso. Las chicas se calmaron y aplanaron mucho, al sentir que una energ'ia especial exist'ia en este lugar.

De repente Marisol sinti'o algo extra~no, como si se cayera a alg'un sitio viajando a trav'es del tiempo. La chica se vio aqu'i mismo, pero todo era distinto; hab'ia mucha gente alrededor, vestidos muy raros; unos edificios desconocidos se levantaban por todos lados, y la gente estaba reuni'endose, como prepar'andose para algo importante.

Y de s'ubito, surgi'o ante su mirada la imagen del joven cantante desde el coro de la iglesia – Marisol, no se sabe por que, se daba cuenta que era precisamente 'el, aunque parec'ia que era un hombre de aspecto muy diferente. Se encontraba entre la multitud contando algo a la gente, y ella le miraba y estaba orgullosa de 'el.

Marisol volvi'o en si porque Isabel le tiraba del brazo.

– Marisol, ?qu'e te pasa? – le pregunt'o su hermana, asustada – parec'ia como si te hubieras dormido, aunque estabas con los ojos abiertos.

La muchacha entorn'o los ojos y sacudi'o la cabeza.

– De verdad, ha sido un momento muy extra~no, como si tuviera un sue~no, pero muy raro – le contest'o Marisol a su hermana, a'un bajo los efectos de su visi'on. – Estuve en este mismo lugar, pero hab'ia mucha gente desconocida, muy rara, y yo estaba entre ellos. Una ciudad antigua, una gran reuni'on – no s'e pues que me ha pasado, no sabr'ia explicarte, .... no s'e que era todo esto.

La muchacha parec'ia un poco confundida.

Isabel miraba a su hermana con sumisi'on, quer'ia mucho a Marisol y sab'ia que era muy distinta, no tal y como las dem'as.

– Bueno, hermanita, ya es tiempo para volver a casa – dijo Marisol levant'andose. – Isabel, te lo ruego, no le digas a nadie de nuestro paseo, de este lugar, del paso en la muralla. Y sobre todo, nadie debe saber de mi sue~no, que se quede todo entre nosotras dos, si no pensar'an que estamos locas. No le revelaremos a nadie nuestros secretos.

– Muy bien, vale pues, te lo juro, Marisol, !nadie se enterar'a de nuestro arcano! – exclam'o Isabel.

Las chicas se pusieron en camino para volver a la casa y pronto se encontraron en el patio de su finca.

Do~na Encarnaci'on ya empezaba a preocuparse por ellas, pero sab'ia que el jard'in era muy grande, rodeado por una muralla tras la cual era imposible escalar, por eso su madre no ten'ia miedo que a sus hijas les pudiera suceder algo, as'i que simplemente las rega~n'o porque todav'ia las gustaba esconderse de los mayores aunque ya no eran ni~nas.

– Perd'onanos mam'a, por favor – le dijo Marisol – nuestro jard'in es tan grande, con tantos hermosos rincones, que !no nos dan ganas de irnos de aqu'i!

– Bueno, os hab'eis liberado y disfrutado a voluntad, pajaritas – les contest'o Do~na Encarnaci'on, ri'endose – !disfrutad de la libertad!

Cap'itulo 12

Al d'ia siguiente Marisol se fue a la parroquia que estaba en una aldea no lejos de la finca. All'i serv'ia de cura el padre Alejandro con quien la chica confesaba de vez en cuando.

A la muchacha le gustaba mucho conversar con 'el. Padre Alejandro celebraba oficios hac'ia ya mucho tiempo, en aquella peque~na parroquia al borde del pueblo, y que frecuentaban los hacendados desde las fincas vecinas y los campesinos de la aldea. Ya era un hombre de avanzada edad, y los parroquianos le quer'ian por su sabidur'ia y amabilidad. Siempre encontraba palabras para dar consuelo a los que lo necesitaban en dif'iciles momentos de la vida. Marisol le recordaba a'un desde su ni~nez. Por haber perdido a su padre hac'ia unos a~nos, le faltaban los consejos de un hombre, por eso siempre que lo necesitaba, con mucho gusto se comunicaba con el cura que tambi'en la quer'ia como si fuera su hija.

– Necesito confesar y hablar con usted sobre muchas cosas, padre – le dijo Marisol al cura al saludarlo, cuando se vieron en la iglesia; al o'ir esto el Padre Alejandro invit'o a la muchacha a sentarse en el banco junto a s'i mismo.

– He cometido muchos errores durante los 'ultimos meses – empez'o Marisol su charla – y me siento culpable. Por mi causa, casi muri'o un caballero quedando herido grave, y adem'as coquete'e en el baile con otro hombre aunque me parec'ia muy antip'atico.

– ?Cu'ando has logrado hacer de mala gana todo esto, hija m'ia? – le pregunt'o el cura cari~nosamente – ?no crees quiz'as, que est'as engrandeciendo tu culpa y te auto flagelas tontamente?, !yo ya te conozco bien! – sonri'o.

Marisol le relat'o muy detalladamente todo le que le hab'ia pasado en los 'ultimos meses, mientras el padre Alejandro la estaba escuchando muy atentamente frunciendo el ce~no.

– Es una historia muy ingrata, hija m'ia – le dijo al callarse un poco – Por una parte, como si no tuvieras la culpa, no quer'ias que a tu antiguo novio le hicieran da~no. Hasta tu hermano se neg'o a vengarle. Sin embargo, pas'o lo que pas'o. Quiz'as, el Se~nor le castig'o por otras razones desconocidas para nosotros.

– Por otra parte – continuaba el cura – ya te has dado cuenta de que aquel hombre no hab'ia sido predestinado para ti, entonces, intentaste apropi'artelo utilizando los celos; esto es un pecado, hija m'ia. No importa lo que te hubiera prometido y que no lo cumpliera, simplemente Dios lo apart'o de ti. No obstante, en tus adentros, tuviste ganas de vengarle ?no?

Marisol baj'o su cabeza.

– Pues bien, Marisol, a veces la envidia y el deseo de vengar hieren antes que la espada; tienes que arrepentirte y pedir perd'on, hija m'ia. Y tambi'en, porque intentaste involucrar a otra persona en tu venganza. Seg'un lo que me has contado no me parece un hombre decente. De esta manera, al coquetear con 'el, abriste una caja de Pandora, esto es muy peligroso, porque no se sabe qu'e pueda cometer tu pariente. Deben tener cuidado, tanto t'u como toda la familia.

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